by martincid | Febrero 9th, 2009
Entramos en la niebla una noche de noviembre tras superar el cabo de Hornos. En el trayecto perdimos a dos marineros. Quizá fue la primera vez que soñé con ella, ya casi no puedo recordar, casi no puedo volver a los tiempos en los que el capitán James H. Dover perdió también la cordura y el mando de la nave, un antiguo galeón español con bandera inglesa con tripulación de al menos treinta nacionalidades.
Eran tiempos difíciles para la navegación, tiempos en los que los piratas llevaban banderas de países y traficaban con almas. Ya no temíamos a los piratas, ya no nos asustaban los animales marinos porque estábamos en una nueva era: los descubrimientos y las nuevas rutas de navegación… el emperador francés imponía su ley en tierra y el mar pagaba sus campañas.
Wilson y Foucault hacían la primera guardia. La vi en sus ojos y supe que aquella noche perderíamos el viento de poniente. Tomé otro trago de ron antes de caer rendido de nuevo, como en una noche de la que no se espera regresar jamás.
Corría el año 1838. Noviembre, creo recordar. Poco importa el tiempo para un barco que viaja ya a la deriva, el Saint George.
Inglaterra fue el primer país en abolir la esclavitud, no dejaba de ser irónico que aquel barco con bandera inglesa llevase en sus bodegas un cargamento con doscientos esclavos bañados en enfermedad.
Cuando perdimos el viento, se hizo el silencio.
Ahora sé que fue ella quien lo hizo, ahora conozco sus razones y vientos.
Permanecí en cubierta toda la noche en medio de un frío glaciar, más allá del cabo de Hornos, tan temido por todos los marinos por sus corrientes enfrentadas… donde termina el mundo y se juntan los océanos, donde empieza nuestra historia.
Foucault y Wilson descendieron pálidos y atenazados, en silencio. La niebla nos envolvía y ni siquiera el más moderno de los catalejos podía mirar más allá de tres cuartas. El barco se detuvo sobre las seis de la mañana de un extraño día de noviembre.
Por la mañana, me dolía la cabeza. Lo intentaba pero no lo lograba, como también mis compañeros. A veces hablaba con los oficiales pero se mostraban precavidos, ¿qué había en aquel galeón?
Arrojaban a los esclavos muertos de noche, para que la tripulación no sospechase acerca del cargamento. No importaba: todos conocían el secreto y todos callaban.
Cuando un barco pierde el viento sólo queda el murmullo del mar, el profundo silencio del que espera dormido y despierto.
Ella ha vuelto a introducirse en mis sueños, en la espesa niebla de silencio roto por un grito ahogado en cubierta.