Cabo de Hornos. Novela por Entregas

Al principio todo comienza con una canción desentonada, fría, espesa y callada. ¿Dónde está mi hijo? ¿Perdiste la memoria en algún puerto, vulgar ramera? ¿Dónde está mi hijo? ¿Perdiste a familia? ¿Cómo te encuentras? ¿Dónde está mi hijo? Poco a poco se ahoga en mar y celos y resentimiento y abro los ojos en la noche. No, la pierna ya no está, hoy me la ha arrancado Hewitt. Bebió más ron durante la operación que el que me dio a mí. Me muevo con dificultad en la litera, se mueve el barco pesado mientras la tormenta amenaza, ya bastante callada. ¿Y tu hijo? Al pasar el Cabo de Hornos, Pip se quedó enganchado. Hewitt me muestra orgulloso su dentadura de madera mientras se lleva otro trago a la boca. ¿Y tu memoria? Sabe amargo el trago y ya sólo me concentro en morder mientras el supuesto médico se restriega el sudor que me salpica la cara. Mi hijo se fue con la marea, quizás alguien lo arrojó al mar, tal los vientos lo salvaran y las gaviotas lo recogieran, o puede que se arrastrara por el barco sin tiempo en una orgía de sal. Los marineros consiguieron salvar su vida. ¿Quieres buscar en los confines del tiempo la memoria que ya perdiste? ¿A través del recuerdo que otros ya olvidaron? No, ahí siguen las dos bastardas, ahí sigue el recuerdo del que creció en mí y me arañaba con sus pequeñas garras y aún crece en mi vientre seco y marchito.  Pero el chico cayó gravemente enfermo.

¿Bailas, pequeño Pip? Lo preguntó dos veces antes de decir sí

Hewitt le miró un momento antes de comenzar la operación, siempre le temblaban las manos antes de amputar un miembro, casi tanto con antes del primer trago de la mañana.

-No sé bailar –respondió el pequeño Pip, marinero de unos quince años, ¿casi totalmente dormido? Hewitt continuaba con la operación. ¿Qué sería del chaval toda la vida sin una pierna? Se recogió el sudor con la manga manchada de carne y alcohol y continuó.

¿Y mi hijo? ¿Dónde está, maldito médico borracho? ¿Dónde metiste a mi hijo? Devuélveme a mi hijo.

Hewitt tómo otro trago antes de cauterizar parte de la herida. No le desagradaba aque olor, ya podía decir que estaba acostumbrado. Huele ocre y amarillo, huele dulce con un toque de miel. El chaval está casi ya dormido.

-¿Qué sucedió? –Dover miraba impertérrito la escena sentado en un taburete mientras apuraba un vaso de licor. ¿Cuántos van ya, Dover? ¿Recuerdas algo?

Recuerdo a mi hijo dentro y cómo me rasgaba el vientre por dentro, recuerdo dos miradas atntas, recuerdo dos miradas enfermas, recuerdo dos miradas humilladas por mi vientre, ahora fértil, envidiosas ellas, podridas y enfermas.

Pip duerme y, en lo más profundo del sueño, un pequeño gusano se deslizó a través de sus zapatos.

-Casi he terminado –masculló Hewitt antes de arrancarle el último trozo de pierna con un fuerte golpe y volver a secarse el sudor.

¿Bailas, pequeño Pip? El gusano se movía muy lentamente y pudo sentir como se introducía en su cuerpo, ahora ya alejado, en su pierna cortada, como hacen los gusanos y como gusano movía su cuerpo, contrayéndolo y expendiéndolo, despacio, muy despacio mientras el pequeño Pip dormía y soñaba que bailaba con una mujer de largos cabellos negros.

-¿Quién eres? –preguntó el pequeño Pip.

Fui madre, fui mujer, eso importa ya. El camarote tenía un serrucho y una cama y había sido limpiada para la ocasión, poco más: algunos elementos de sedación y algunas botellas con licores.

Hewitt cogió la pierna seccionada del crío y la dejó sobre la mesa.

-¿Bailas? –respondió mientras ya el gusano, negro como sus opacos cabellos, clavaba un aguijó en la pierna de Pip, desfalleciendo también en el sueño-. ¡No, Pip! No te caigas –respondió la sirena mientras mantenía el cuerpo del pequeño en pie. Sintió Pip un profundo picor primero, cómo se extendía el veneno por su pierna después, cómo recorría su cuerpo entero y se adueñaba de él.

Pero no estaba la pierna, se podía mirar a través del techo rojizo, a través del mar en calma allí postrado.

Le abrazó profundamente mientras, en sueños, ya dormía el pequeño.

Descansa, mi niño, descansa…

Dover arrojó la ceniza casi ardiendo al piso y la golpeó con su bota.

-¿Sobrevivirá?

Hewitt se encogió de hombros, ¿qué podía saber él?

¿Dónde está mi niño?

Dover cogió el trozo de pierna de Pip y lo arrojó al mar, sólo peces y aves se alimentan de carroña.

Flotó un momento y el capitán pudo ver un pequeño gusano tratar de escapar del mar. Allí moriría.

Miró el trozo de pierna marchar y enfurecida, hambrienta de esa deliciosa carne que ya acababa de probar. Entumecida y callada, quiso gritar en sal. Delicioso bocado.

Calló, como callan las mentirosas.

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Autor de 13 libros y editor de Martin Cid Magazine
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