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Martin Cid. Biografía, Libros

Biografía y Libros del Escritor y Editor Martin Cid

El novelista y escritor Martin Cid (1976 – hasta que el cuerpo aguante) es autor de algunos libros. Ésta es su biografía

Introducción

Martin Cid
Martin Cid

Como todo en mi vida, estos es producto del caos, del alcohol, de la enfermedad y de una idea que me surgido mientras pasaba una especie de terapia de desintoxicación: dos días en la cama sin prácticamente probar una. Ni ésas cumplo, porque d vez en cuando me levanto y me tomaba una copa, pero vamos… que de la botella que me suelo tomar sin demasiado cargo de conciencia a las dos copas diarias (y sin temblores, no se crean que me subo por las paredes) hay gran diferencia.

Analizando lo que ha sido mi vida diré: ni he sido un tipo importante ni lo seré aunque me den el Nobel (que tampoco lo descarto). No me he tomado en serio ni a mi mismo, ni al tiempo ni las estructuras sociales ni nada. Sólo ha habido dos cosas que me han preocupado en la vida: tener una botella de alcohol y tabaco para fumar en la pipa.

Así llevo veinticinco años y tampoco pienso cambiar demasiado. Escribo esto con un afán lúdico y, dado que no creo ya en editoriales ni nada por el estilo… dejaré escritas mis obras (salvo una, no por especial, sino porque implica a otra persona, desgraciadamente) a la que nunca volveré a ver y que, por lo tanto, no podré saber su opinión.

Si mis libros u obras son buenas o no… que lo decida el tiempo porque, francamente, me importa una mierda si lo son o no. Hace tiempo me metí con el tema de la astrofísica y me di cuenta que estamos todos aquí haciendo el imbécil y que poco importa si fuiste Shakespeare o un buen papá. Ya lo digo que no me me tomo en serio ni a mí mismo ni los libros que he escrito.

Muerte en Absalon (2008), una Novela de Martin Cid

Lo iré completando anárquicamente, no en plan Proust porque no no tengo sentido del olfato y las magdalenas casi que con el whisky no pegan. Voy a dejar esta web disponible tras… ya saben… uhhh, la muerte a la que tan poco temo. Así que cualquier consulta será gratuitta.

Siento no tener fotos ni nada, pero no soy muy de selfies y, siendo más feo que el Quato de Desafío Total, creo que el público lo agradecerá.

Dicho esto, comenzamos.

Martin Cid
Martin Cid

Infancia

Pues podría preguntar por ahí, pero cada vez que (sin hacerlo) me cuentan alguna siempre es algo humillante que, sinceramente, no quiero que nadie conozca.

Nací en una ciudad del Norte de España (por si les interés, se llama Oviedo). Clarín la hiz famosa por La Regenta, pero por resumir: una ciudad de provincias en la que le gente iba muy preocupada por sus ropas y de lo que digan los vecinos. Nunca me gustó mucho eso.

Tenía abuelos y tal y me trataban más o menos bien. No me quedé traumatizado ni nada y me hacían llevar el pelo corto. Eso sí, me compraban cigarrillos de chocolate y me decían eso de:

-Cuando seas mayor ya fumarás de verdad.

Claro, con esas perspectivas, uno deseaba hacerse mayor. También mis dos abuelos me hablaban de las maravillas del tabaco, que servía para todo. Por ejemplo: cuando te dolían los dientes, te echabas un cigarrito y la cosa se aliviaba. Los dos lo habían dejado porque se lo habían dicho los médicos.

Mi conclusión de niño:

-Pues deja de ir al médico.

Claro que ahora de mayor opino igual.

Estudié en un colegio de estos de la época. Era zurdo, pero me dijeron que eso no podía ser y me hicieron escribir con la derecha y tal, pero en el fondo sigo siendo zurdo. Eso sí, tengo una letra de pena y nunca la pude mejorar.

Nunca fui popular u jamás me eligieron como delegado, gerente o ponente. Más bien trataba de pasar desapercibido mientras intentaba llamar la atención a ver si hacía amigos, pero nada. Resumiendo, que ya era rarito.

Era un colegio simpático, con  bosque y muy grande. Creo que era de monjas, o de curas, no sé. Ya de pequeñito era más ateo que el Papa, así que todo aquello de Jesús me parecía de alumnos ‘pelotas’ a los que no soportaba.

Total, que mis padres se fueron al extranjero a buscar fortuna y gloria y allí más o menos igual, pero esta vez es que encima tenía acento y seguía siendo igual de antipático y no… caía bien. Total, que amigos cero. Vivíamos bien, eso sí. Supongo que todo me parecía muy grande en aquel entonces por eso de ser pequeño.

(Joer, qué bien resumo y me lo salto todo).

Luego volvimos a España por uno de esos ‘corralitos’ en el que nos quedamos sin un duro (allí eran los ‘bolos’, que cada uno valía una pasta). Teníamos ordenador, vídeo y demás avances que en España no habían visto ni en los dibujos.

Total, que volvimos a España y en el colegio… pues siempre me toqué las narices de una manera coordinada y no estudiaba nada. Me ponían deberes y no los hacía porque me cascaban un cero y me bajaban la nota. Total: que para que me suspendieran por la letra… pues a tomar viento.

Me dejaban siempre una hora castigado con el director, al que al final le caía bien. Como no era desobediente, me dejaba allí mientras (jeje) hacía los deberes. Ni deberes ni leches. Luego se supone que volvía a casa y tenía que hacer más deberes… Y me acostumbre a mentir como un bribón.

-¿Has estudiado? ¿Has hecho los deberes?

¡Ni de coña, claro! Pero yo decía que sí y si tenía ganas, pues me leía el puñetero libro antes de entrar y a ver si había suerte. Siempre quise tener un perro para echarle la culpa, pero no hubo suerte y… hacía un chiste, la gente se reía, pero el profesor se enfadaba y me ponía como un mal ejemplo.

Reflexión: tanto deber era para no dar clase, porque así llenaba cuarenta y cinco minutos de la hora. Que éramos pequeños, pero nos dábamos cuenta.

Luego no es que resultara tan antipático, exagero, es que los pelotas del profe me caían mal y me hacía amigo de los ‘balas’ y, claro, me echaban a mis amigos todos los años por malos estudiantes (yo es que debía ser muy guapo, jeje -anda, dejad que me lo crea).

Así pasaron los años, me aburría, me regalaron un ordenador, me dediqué a hacer juegos en plan pequeño (eran en Basic, una cutrería, era de una cabeza que pegaba botes, aunque luego los compliqué un poco).

Luego las cosas cambiaron, llegaron los ordenadores más grandes y bueno, aquello era otro mundo y decidí dejar tanta revista de programación (que según ellos no era para mi edad) y socializarme.

Total: que no lo conseguí ni de coña, pero me aficioné a las telecomedias, que al menos eran más ocurrentes que las diatribas sobre los panes y los peces. De aquellas no conocía la fórmula que se usaba, hoy sé que se llama Consentimiento Universal, que se resume en que… si todos los hombres han pensado en Dios, es que existirá. ¡Toma! Y lo llamaban filosofía. Las cinco vías tomistas también me parecían dignas de empezar a tomar drogas, pero de aquellas no hacía estas metáforas tan recurrentes.

Me hacían sacar un siete porque los deberes valían dos puntos y claro, yo siempre empezaba con menos dos. Se quejaron, llamaron a mis padres… pero yo seguía sin hacerlos. Odiaba especialmente la gimnasia (no educación física, llamo a eso gimnasia) y el dijo (no plástica, sino Puto Dibiujo de Mierda). Era tan malo en la gimnasia que los profesores creían que me burlaba de ellos .

A mí no me salía de las narices hacer algo que se llamase ‘mortal’. Vamos… que se si se llama mortal, por algo sería. Y en el dibujo tres cuartas de lo mismo, que no me daba lña gana porque era muy malo y no intento las cosas que se me dan mal (qué sabio era, de mayor con las mujeres lo seguí intentando y así me fue).

Cuando tenía dieciocho jugaba a las cartas, fumaba, bebía y sabía jugar a casi todos los juegos conocidos y de una manera aceptable: desde cartas, a billar, ajedrez y lo que me echasen. Lo de usar la cabeza, bien.

A los diecisiete me dejé crecer el pelo porque me gustaba y porque ya sabía entonces que yo lo valía.

Juventud

Martin Cid
Martin Cid

Supongo que hay que poner el límite con los dieciocho así que me resumiré: bebía Jack Daniel’s y fumaba entre puros y pipa, los iba alternando. Ya llevaba una petaca.

De pequeño me decían que parecía un crío de cara. ¡Qué paradójico! Desde entonces todos dijeron que parecía mayor, jejje.

Cuando acaeció el desastre de la Selectividad (ahora os cuento), ya me tomaba un chupito antes de entrar en clase porque joer… aquello era duro y encima me hacían entrar a las ocho.

En fin, que en el cole este de curas (no lo he mencionado, lo sé), me dejaron por fin salir en el recreo y, claro… pues yo no volvía. A las once de la mañana empezaba unarutina bastante impropia que consistía en chupitos, puros y partidas de cartas, ajedrez… me iba a comer con mis padres, comía rápidamente y luego me pasaba la tarde en la taberna jugando al ajedrez y tomando vinos. (A la pregunta obvia: sí, a las cartas jugaba por dinero, se me daban bien). Ya en aquella época me sentía desencajado y, el problema de mi vida: no encajaba en ninguna comunidad.

Pero claro, llegaron los mayores y me pidieron pasta. Yo jugaba a los caballos y tal… pero seguía siendo un crío y los otros me pegaron dos tortazos para sacarme el dinero (ahora lo llaman bullying, ahora yo me cachondeo). En fin, que mi bachillerato (en aquellas era llegar hasta el COU), pues no me pude presentar a la Selectividad por Ciencias Puras porque había un tipo que me esperaba a la salida de casa para ‘zurrarme’ y eso. Así que nada, un añito perdido y a los seis meses me aburrí.

Y me puse a hacer Letras y como me gustaba leer y eso (ya me había tragado a los Dostoievski y demás Kafkas y tal). Ah, sí, ya había escrito una novela y una novela corta con catorce años. La novela corta la terminé para ligar, pero no ligué. Era la chica más guapa de clase, pero a mí me atraía otra cosa de ella:: estaba exenta de la clase de gimnasia. Para mí era un ser angelical por eso… vale, que era guapa y tal pero yo quería sentir qué pasaba por su mente cuando nos veía a todos haciendo el imbécil, con aquellos chándales ridículos. Total, que esa chica guapa fue mi primera lectora.

Ah, sí, que se me gustaban la programación informática, las mates y Kafka. Sí, sí, ya les dije que era rarito… y que además jugaba, bebía y era del Barça viviendo en Madrid. Me gustaba el gambito de dama como salida (hablo de ajedrez) y… como no siempre he sido tan buen cliente pero era majete, cada vez que entraba al bar me ponían esta canción (porque la camarera era muy maja, saludos, Raquel).

Allí me llevaba mis libritos (me leí el Quijote, por cierto) y escribía un libro que no terminé. Mientras, me tocaba las narices por la mañana en otro sitio, haciendo dos o tres asignaturas que no estudiaba. Claro que cuando mencionabas a Faulker, pues… como que se quedaban un poco con la boca abirta. No estudié nada, jugué mucho y escribía y tal.

Y al final eso de saber medio escribir me salvó la Selectividad (ya me habían dicho que lo hacía bien, y yo… pues me crecí).

Ah, por cierto, los exámenes de por la mañana me salieron de culo y contra el viento así que descubrí lo mejor de la Universidad: copazos a doscientas pesetas. Menuda castaña que levaba yo a las tres y media con los exámenes de la tarde (que por cierto, los bordé, campeón Martin). Desde entonces me di cuenta de la verdad inherente a la escritura: el alcohol.

Al final… entro en la Universidad de chamba y me digo yo… pues a Filología Italiana para cantar ópera y traducir a Dante. Como otras opciones eran más estúpidas aún, me metí en Periodismo en una privada porque tenían equipos para hacer cine (siempre me encantó) y yo con mi idea de hacer una peli (al final medio lo conseguí).

La Universidad

Martin Cid
Martin Cid

Llegué después de leer el Dr Faustus y me esperaba a gente hablando de Schelling y cosas por el estrilo y… casi que me iba al bar después de ver aquel espectáculo lamentable. Fui a clase tres meses por ver lo que allí se cocía… y luego descubrí que estaba mejor en el bar, cociéndome. Conocías chicas, chicos, perros no había, no… y como me había leído los libritos… pues empecé a escribir trabajos a cambio de juna botella de whisky, de vinos… lo que fuese. Me servía para practicar el cambio de estilos, emborracharme y hacer amigos. Luego tenía dinero para fumar y para salir por la noche, aunque fuera de vinos. Vamos, lo importante en la vida.

Con diecinueve años ya había escrito una novela (que ni intenté publicar) y tenía una falta de respeto total por las leyes, la democracia y demás. Ojo, si no insultaba a la poli (eso vino después, en mi época alcohólica, jeje) ni me portaba mal: saludaba y eso, pero lo del conocimiento y la Universidad no me lo creí en ningún  momento.

Así que me pillaron jugando a las cartas (en fin, estaba todo el mundo) y se supone que por eso ya me expulsaron y tal (o eso dijeron). La verdad es que apareció un jerfalte que se creía la reencarnación y yo llegaba con mi tablero bajo el brazo (después de una noche de juerga en casa de un amigo) y el tipo me dijo que si jugábamos. Resaca arriba, resaca abajo… total, que le gano (me suele pasar), el tipo se enfadó y me tomó la matrícula. Desde entonces no me dejaron tampoco jugar al ajedrez en la cafetería porque claro, según sus palabras, aquello era un juego de ‘azar’ (cada cual con sus epítetos).

Nada, que me cambié a la pública y allí, como no conocía a nadie y tampoco iba a clase porque me quedaba muy lejos (había un bar más cerca de clase) pues nada… que la cosa iba con grupitos haciendo trabajitos y ligando (la última parte estaba bien, pero yo de aquellas no ligaba -sí, de aquellas, jeje-). Y nada, que lo dejé para montar una revista con unos amiguetes de juerga.

Y ya sabéis lo que eran las juergas en aquella época: que si esto, que si lo otro, que si terminas a las dos de la tarde del día siguiente, que si no vuelves a casa. Vamos, todo intelectual.

Ah, por cierto, por aquellas ya había revendido entradas en un Madrid – Barça. Había salido por la radio, en la contraportada del ABC, en la portada del Marca y del As. En fín, lo típico a esa edad.

Claro, con diecisiete pues… ¿un chupito, no?

Entre medias hice una película y hasta saqué dos matrículas de honor (sí, ni yo me lo creía). A clase no fui mucho pero conocía a los profesores en la cafetería y, como siempre he ido de traje y me servían los copazos sin esperar, pues les caía bien a los profesores y nos tomábamos un algo hablando de Historia y demás. Una vez, presento al examen de Historia sin haber ido ni una sola vez a clase (claro) y nos miramos el tío y yo y nos reímos: ¡Anda tú!

No fue por trato de favor ni nada, pero me preguntaron el marxismo y no sé que otra estupidez así que hice un buen examen, pero vamos… no por haber ido a clase.

Otra vez que también aprobé… Historia del Periodismo y con nota. No tenía ni puñetera idea, pero eso sí… había visto Ciudadano Kane y al profe le gustaba el fútbol y llegó media hora tarde al examen (no, si aquello no era serio). Yo le digo:

-¡Hombre, que juega el Barcelona en media hora!

El tío se ríe y nos hace una única pregunta: William Randolph Hearst. ¡La única que me sé! Yo ahí aprovechando a rellenar mi nombre y el tipo se me acerca y me pregunta:

-¿Y contra quién juega?

¿Pues qué iba a hacer? Ya le cuento que era contra el Leeds y tal… nos ponemos a hablar y ya se me va la hora y yo sin rellenar nada. Y me dice.

-¿Pero tú sabías quién era éste?

Y ya le cuento un poco (la película) y me dice:

-Anda, vete.

Total, un notable… porque yo lo valía.

Fue una época muy importante en mi vida que aprendí sobre el conocimiento y cómo funcionan las instituciones españolas.

Y lo dejé.

Estaba harto y ya dije que lo había dejado en los últimos cursos (ni idea, porque aquello era un caos, entre otras me matriculé en hebreo bíblico, en fin). Yo seguí dale que te pego al whisky (que me interesaba bastante más que las mujeres) y unos amiguetes y nos metimos a hacer una revista, con la mala suerte que el que tenía que encontrar la publicidad terminó en la trena porque encontró métodos más rápidos para ganarse la vida (ojo, yo no tengo nada en contra de ninguna substancia, no soy papá).

Así que me retiré a mi mundo con mi ordenador y me metí en lo del streaming e idee una plataforma de vídeos de fútbol. De aquellas ya iba con servidores dedicados y tal, y cada uno me costaba 40.000 pesetas (que era una pasta, casi un salario mínimo). Hacía cobros por tarjetas cuando casi no había pasarelas de pago y todo esto en inglés y español (por cierto, mi nivel de inglés no es de Oxford, pero ya os contaré, que luego tiene más guasa aún).

Al final, en cuanto empecé a ganar algo de pasta, me vino cierto grupo editorial muy importante (no puedo nombrar cuál) y me dijo: Marrtin, a cerrar el chiringuito. Y vamos, Martin casi se orina encima y claro, cierra el chiringuito, se va al cine y se toma un periodo de reflexión (y copas). Sigue con esto de internet, pero decide que va a sacar libros, volverse un tío formal, creyente y religioso…

Vamos a poner musiquita, que es más entretenido:

Bueno, que sigo un poco y que salgo por ahí y claro… llega el cruel momento en el que alguna, de cachondeo, te dice que sí.

Seguimos sobre los 30

Martin Cid
Martin Cid

Tranquilos, que no voy a contar las gordas ni los desastres domésticos y, como soy un caballero, diré que toda la culpa fue mía por beber demasiado y no haber creído en en Consentimiento Universal.

Al principio, me hizo gracia todo aquello y juntos escribimos una novela que mandamos a las editoriales y que… nos publicaron. No nos lo creíamos, aunque luego descubrimos las veleidades de las editoriales (que mejor me las ahorro, pero todo un desastre).

A partir de ahí publiqué otros dos libros en otras dos editoriales y empecé a publicar en algún periódico que otro y nada… que decidí que debía buscarme la vida literaria en otros sitios y en otros idiomas que no dominaba, pero como dijo Lady Gaga: Ready Or Not, Here I Am. Y nada, que me las monté como editor a través de internet en esa ciudad de la estatua de la libertad y nos las agenciamos (no voy a decir cómo, jeje, truquitos) para crear una revista americana que emitía (primero fue bilingüe, luego ya no) desde ese lugar y era admitida en todas las grandes tendencias del mundo como revista de arte. Luego la convertí en un periódico y la cosa fue mejor, porque cualquier noticia que pusiéramos multiplicaba su efectoi y conseguíamos un porrón de visitas. Hablábamos con casas de subastas, galerías de arte, cadenas de televisión y demás, y todo esto desde un lugar de España mientras me tomaba un whiskicito.

Claro, la cosa tenía un aspecto muy profesional. Yo me encargaba de los aspectos técnicos y mi ex de la parte de escribir (aunque yo también lo hacía). Trabajamos con casi todas las cadenas de televisión importante, nos mencionaban en radio y descubríamos talentos.

Por cierto, a un chico al que le empezamos a publicar nosotros, ahora le van a hacer una película sobre un relato originariamente publicado en la revista.

Pero como supongo que la cosa llegó muy lejos, demasiado, cuando ya teníamos la marca comercial en el país de las barras y estrellas. Pues llegaron con su poder y nos hicieron cerrar de maneras, considero, poco éticas.

Tenía treinta y nueve años y ya había escrito 10 libros y tenido mil broncas.

Y como esto es una biografía, os contaré un poco. A mí me preguntaban que por qué esto, este desmadre… pensando en aquella época: me hacía gracia mi ex y me hacía gracia la situación de trabajar con husos horarios cambiados. Una vez intentaron entrar en un sitio muy importante desde un servidor que yo controlaba. Me empiezan a salir datos y datos en una pantalla que yo no controlo y la cosa se desmadra. Al final la controlamos un informático americano y yo, pero me estaba enfrentando a un virus polimórfico (cambian de nombre, forma y son muy difíciles de eliminar). Miraba la pantalla en plan Matrix y no sabía qué hacer. Conclusión: ¿y quién podía decir que no a este desmadre? Me encantaba el trabajo.

Luego había locos de verdad (con pastillas y eso) que te mandaban fotos recién puesto el botox, se amenazaban de muerte entre ellos. Uno de los autores publicó una cosa a favor de las mujeres y cogieron las chicas de la congregación de al lado y le apedrearon la casa. Nos pidió que lo retirásemos y tal… que le iban a matar al pobre. Claro, lo hicimos, pero el chico se tuvo que mudar y no volvió a escribir jamás.

Con todo este desmadre, llegó Dios (al que no voy a nombrar) y entramos en un sistema de servidores y tal… así que visitas a tope y encuestas sobre tíos buenos. Las adolescentes pegándose a través de la revista por ver qué tío estaba más bueno…. Y otro en la tele (nacional) que nos nombra y le llaman de todo (pero daba visitas).

En lo personal: otra montaña rusa. Terminé dos días en el calabozo porque creía que un policía me estaba tomando el pelo, bebí lo que no estaba escrito, desastres familiares varios y, en una de las broncas (fuerte, fuerte), ya mi ex se apiada de mí y me dice:

-Martin, ¿quieres que tengamos un perrito?

Pues ahí sigue el perrito. Se llama Jack Daniel’s y es así de guapo.

Y desde entonces…

Martin Cid
Martin Cid

Escribí un par de libros más y he montado esta cosa en la que ahora estáis. Es cierto que ya no está en ese otro país tan molón, pero la cosa pinta bien y ya tiene visitas. Mientras, estoy terminando Desde el Vientre de la Sirena

Cuando alguien me pregunta eso de ‘a qué te dedicas’. ¿Qué contesto? Ni idea, pero me da todo igual. Haré como Humphrey Bogart: borrachín.

Antes tenía aquí un montón de chistes, pero como la gente es idiota e incapaz de entender la ironía, los he quitado. Básicamente, me dedico a ver cómo crecen los árboles y me temo que van a durar más que yo (o eso espero). Con un whisky en una mano y la pipa en la boca, claro.

Supongo que un (buen) día resbalaré, no me podré levantar y moriré congelado (ya me pasó, pero no hacía tanto frío y por desgracia sobreviví).

Y hasta aquí esta extraña biografía. Alguna me digo que si hubiera hecho los deberes la cosa habría ido mejor.

P.S: Para los que habéis visto errores en la biografía: enhorabuena por vuestra labor tipográfica y no sé… algún día llegarán las máquinas y me da que os van a sustituir, pero mientras… ánimo.

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Escrito por Martin Cid

Autor de 13 libros y editor de Martin Cid Magazine

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